lunes, 1 de marzo de 2010

CHE-FER


Después de esa noche sentí como un muerto se podría en mi cabeza, lentamente se deslizaba, por un largo sendero obscuro, que mas o menos llegaba a ese rincón clandestino y delicioso, donde casualmente alguna vez había llegado, con la ayuda de un poco de alcohol, ese rincón de mi inconsciencia, en el que guardo como tesoros escondidos, mis recuerdos, fugaces, polvorientos de olvido, y cubiertas por un andrajo de ropas lacerantes y teñidas de letras que escapan constantemente, como vírgenes en presencia, de un morboso, tentadas a ser premiadas, por el falo de mi pronta y prematura, razón de deshabitanza, esa sensación de encontrar, en cada palabra, en cada letra alguna escusa para seguir viviendo, ese muerto que hacia que mi existencia tenga una razón de vida; era en verdad algo pedregoso, pero conteniéndome, supe entonces que había existido por un cadáver, que resucitaba cuando yo dormía, cuando yo moría.

No hay comentarios: